La historia de Bayardo Arce, el «coma-andante» que después de los 80 siguió en guerra
Nacido en un rincón olvidado de Nicaragua, el comandante guerrillero, Bayardo Arce, comenzó su vida como un joven idealista y quiso ser periodista, armado más de audacia que de sentido común.
En 1979 ya era coma-andante de la revolución, liderando hordas con la misma pasión con la que lideraba sus incursiones nocturnas a los bares de mala muerte, donde el ron barato y la ginebra de contrabado eran sus compañeros inseparables. Sus batallas más épicas, según él, no siempre fueron en el campo de combate, sino frente a una botella imposible de dominar.
Tras el fin de la revolución, El comandante pivotó de la guerrilla a los negocios… siempre a su manera. Se convirtió en un testaferro de alto vuelo, amasando fortuna con la habilidad de un mago, aunque su magia consistía en evadir impuestos y vaciar arcas públicas. Entre balances financieros y transferencias secretas, encontraba tiempo para sostener largas discusiones con su eterno rival: el guaro. Cada brindis parecía una negociacióny cada resaca, una derrota que juraba vengar.
No contento con eso, se reinventó como empresario del arroz. Entre campos verdes y sacos de grano, mantenía reuniones estratégicas con copas de whisky en mano, asegurándose de que ningún número fiscal se interpusiera en su camino hacia la riqueza. Su reputación de bebedor legendario creció al mismo ritmo que sus cuentas bancarias: desmedida y difícil de controlar.
Luego dio el salto al mundo de la asesoría económica y social, compartiendo su “sabiduría” con Nicaragua. Para las jóvenes en busca de consejo matrimonial, recomendaba fervientemente encontrar un novio noruego, porque —decía mientras levantaba una copa de guaro pelón— “el frío y el alcohol hacen milagros en la pareja”. Mientras tanto, seguía librando su cruzada personal contra cada botella que amenazaba con derrocarlo.
Finalmente, la fortuna le dio la espalda. Sus propios camaradas, hartos de sus manejos y de su insaciable relación con el alcohol, lo encarcelaron. Allí, entre barrotes y botellas confiscadas, el coma-andante Bayardo Arce seguía imaginando guerras heroicos con su eterno enemigo líquido, convencido de que algún día, en alguna otra vida, saldría victorioso.
Bayardo Arce no dejó un legado de heroicidad ni de virtud, pero sí de historias cargadas de exceso, ambición y guaro. Su vida fue una batalla constante: algunas ganadas, otras perdidas, pero siempre con una copa en la mano y un desdén por la ilegalidad.
Si algo hay que reconocerle a Bayardo Arce es que fue el único “coma-andante” de la “rovolución” sandinista que, tras el conflicto bélico de los años 80, no colgó las armas… siguió en guerra —en guerra con el guaro— atrincherado entre los surcos del cañal.
