De sapo sandinista a sapo de ICE: la metamorfosis que desenmascara a Tropikong
En una transformación digna de estudio entomológico —aunque más cercana a la carroña que a la ciencia— el «célebre» Tropikong ha completado su mutación: de sapo sandinista de charco cálido a sapo glacial de ICE, croando órdenes de deportación mientras presume un nuevo uniforme hecho de conveniencia y olvido.
Atrás quedaron los días de retórica revolucionaria de cuando iba a la plaza vestido de JS; hoy su lengua pegajosa no caza moscas, sino titulares útiles para encubrir su propio lodazal.
Y hay algo particularmente rastrero en toda esta historia: ser migrante, exiliado de la dictadura de Daniel Ortega, haber probado en carne propia el desarraigo, el miedo y la incertidumbre… para luego convertirse en cazador de gente trabajadora en Estados Unidos.
Eso no es solo una contradicción: es caer bajo, muy bajo.
Denigrante. De una mezquindad moral difícil de disimular incluso entre tanto ruido y humo. Porque una cosa es cambiar de discurso; otra es pisotear exactamente a quienes ayer compartían tu misma orilla del abismo.
Porque cuando el pantano empieza a oler, Tropikong no limpia: agita.
Inventor serial de cortinas de humo, ahora lanza burbujas «de que estuvo preso» como si fueran granadas de distracción, esperando que el público, mareado entre escándalos reciclados y enemigos imaginarios, no note el hedor que emana de su propia charca.
Y así, entre croar y croar, el anfibio ilusionista pretende que nadie vea lo evidente: que la metamorfosis no fue evolución, sino simple cambio de amo… con el mismo lodo pegado a las patas.
