La Republika

Los tranqueros eran ellos… los sandinistas

Los tranques sandinistas

Después de perder el poder en 1990 frente a Violeta Barrios de Chamorro, el Frente Sandinista no se retiró: cambió de táctica. Daniel Ortega pasó a la oposición y lanzó una estrategia clara: “gobernar desde abajo”. En la práctica, eso significó una cosa: presión en las calles.

Las llamadas asonadas sandinistas no fueron protestas pacíficas. Fueron huelgas, tranques, barricadas, tomas de instituciones, quema de llantas y choques con la Policía. Durante 16 años, el país vivió bajo esa presión constante. Nicaragua se paralizaba una y otra vez.

Sí, tranques. Mucho antes de 2018, quienes sabían cómo cerrar calles, bloquear ciudades y asfixiar al país eran los sandinistas.

En 1990, apenas meses después de perder las elecciones, organizaron una huelga nacional masiva. Cerca de 90 mil trabajadores. Aeropuerto cerrado, telecomunicaciones detenidas, energía afectada. Más de un millón de personas impactadas.

En 1993, otra vez la violencia. Una huelga de transportistas terminó con muertos. Entre ellos, el subcomandante policial Juan Ramón Martínez.

Durante toda la década, el patrón se repitió: protestas por el 6% universitario, por el transporte, por cualquier bandera útil. Estudiantes con morteros, calles tomadas, enfrentamientos diarios. No era espontáneo. Era método.

El saldo: muertos, heridos, destrucción, economía paralizada y servicios colapsados. El caos como herramienta política.

Y, aun así, hay un dato clave: los gobiernos de Chamorro, Alemán y Bolaños no respondieron con la represión brutal que vendría después. El propio Ortega lo ha reconocido.

Las protestas siguieron hasta los años 2000. Incluso bajo Enrique Bolaños hubo fuertes movilizaciones por los apagones eléctricos. Ahí cerró el ciclo: el Frente usando la calle como su principal arma.

Pero todo cambió.

Desde 2018, el mismo movimiento que levantó tranques, que paralizó el país y que defendía la protesta como derecho, hoy la prohíbe. Marchar es delito. Protestar es motivo de persecución. Disentir, de cárcel.

La contradicción es total.

Quienes hicieron de la calle su herramienta de poder, hoy le niegan la calle a todo un país.

La pregunta ya no es histórica. Es moral:
¿con qué autoridad prohíben hoy lo que ellos mismos hicieron durante años?

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